Una vez sentados ante un volante, con la protección sicológica que ofrece el vehículo, y en directa proporción tanto con el número de caballos que éste contiene, como con el peso en toneladas, emerge la verdadera esencia de lo que somos: unos animales sin respeto por nada ni por nadie, intolerantes, fuertes con el débil, chulos con el fuerte, bocazas, despotricadores, agresivos, racistas, machistas, etc.
Esta no es una transformación: es como somos realmente. La transformación la hacemos fuera del coche. Si respetamos a esa rubia con minifalda es porque las leyes, y un poco de vergüenza también, nos contienen; son como una cadena que ata con energía a un perro furioso y repleto de rabia hasta los bordes.
Si esta misma rubia pasara ante uno en una isla desierta sin esperanzas de reencontrar al resto de la humanidad, el respeto se dejaría de lado hasta conseguir, cual animales que somos, el apareamiento con la susodicha del modo más inmediato y sin contemplaciones de ningún tipo; sin preguntar su nombre siquiera.
Este instinto mal llamado “salvaje” es el que nos lleva a comportarnos de una forma tan agresiva como intolerante. No sólo no toleramos que un señor de 80 años, delante de nosotros y éste parado ante un semáforo rojo, se retrase un segundo en poner su vehículo en marcha una vez el semáforo haya cambiado a verde. Añadimos a esta intolerancia, muy a menudo puede verse, una completa colección de insultos, una gesticulación de primate iracundo, y, si se puede, una humillación adelantándolo y dejándolo como un inútil al volante que no se entera de nada y que se ha convertido en un estorbo para el resto de conductores.
Curiosamente, esa intolerancia va dirijida al débil. Si es un viejete, los pitidos, insultos, señales con los faros, etc, son abundantes y surtidos. Sin embargo, si uno va sólo y el que se ha retrasado, incluso un minuto, es un coche con 5 pasajeros jóvenes, altos, fuertes y con cara de malas pulgas, hay muchas posibilidades de que se practique la virtud de la paciencia y la tolerancia.
Luego, si en la autopista se tardan 2 horas en recorrer 10 kilómetros, pagamos religiosamente el peaje. Lo más lógico, y aplicando una regla de tres, seria que, entre una cincuentena de conductores agraviados, y apoyados por el resto, se arrancaran de cuajo las cabinas de cobro, las barreras y se trasladaran éstas, a golpe de mazo, a la cuneta del peaje.
Tampoco debiéramos ser tolerantes con esos conductores, por denominarlos con alguna palabra, que adelantan por la cuneta, tratando de tontos a los que esperan ordenados y pacientes formando caravana. Debería, eso sería lo ideal, surgir el natural trabajo en equipo que surge entre animales como el lobo, los leones, o los delfines, y acorralar al listillo, coger un spray negro y pintarle los cristales de ese color, aparte de desmontarle la bateria, los faros y las ruedas (mejor: que lo haga él mismo).
Y ya, por ser la primera vez, se le convierte el coche en un modelo descapotable para que, de este modo, el aire le llegue más fácilmente al cerebro y deje de hacer tonterías cuando se encuentre un volante entre las manos.
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